En México, aunque el ecosistema de emprendimiento social se encuentra en plena ebullición, una gran cantidad de variables nos mantienen lejos del ritmo frenéticamente creativo de otras sociedades. Un informe reciente producido por The Economist sitúa a México en el lugar número 32 de las 45 naciones contempladas para el Índice de Innovación 2016, elaborado a través del análisis de cuatro variables:

  1. Entramado institucional y políticas públicas
  2. Financiamiento
  3. Emprendedurismo
  4. Sociedad civil

De acuerdo con The Economist, nuestros puntos más débiles son los últimos dos. Si las estrategias tradicionales empleadas por todos los actores relacionados con cualquiera de estos componentes no nos han garantizado un mejor lugar en el ranking, la solución sólo puede alcanzarse con más innovación social, particularmente a través del uso estratégico de la tecnología para fortalecer –mediante la educación– las capacidades de quienes serán los protagonistas de este proceso en el futuro: los jóvenes.

El papel social de la tecnología

“La tecnología es la sociedad hecha para que dure” es uno de los mantras más conocidos de los Estudios de Ciencia, Tecnología y Sociedad, una rama multidisciplinaria de la sociología que estudia la relación entre los avances tecnológicos, la cultura y la política. El significado profundo de la frase es que, para que los vínculos sociales perduren en el tiempo, necesitan adquirir una materialidad que no los haga dependientes de las acciones humanas, que son siempre contingentes.

En este sentido, nuestros inventos son en realidad relaciones materializadas entre personas, objetos e ideas. Dicho de otra manera: si no tenemos que redescubrir las leyes físicas que gobiernan el funcionamiento de los chips de las computadoras cada que queremos fabricar una, es porque el conocimiento de cientos de científicos ha sido materializado en un sinfín de cosas, por ejemplo, libros, memorias de conferencias y los chips mismos, que podemos seguir usando mucho tiempo después de que sus creadores hayan muerto.

Algo similar ocurre con cualquier otra cosa; las relaciones sociales profundamente jerárquicas de los imperios se materializan en grandes palacios donde habitan los emperadores, mientras que las relaciones horizontales de las democracias cristalizan en grandes plazas públicas y abiertas. En ambos casos, ni los reyes ni el electorado tienen que reinventar los imperios y la democracia cada que quieren ejercer el poder, pues sus esfuerzos previos están contenidos en herramientas que pueden echar a andar fácilmente cuando es necesario. Así, las herramientas tecnológicas no sólo nos permiten alcanzar los objetivos para las que fueron creadas (llegar a Marte o abrir una lata, pues la tecnología tiene grados muy variados de complejidad), sino que permiten que los vínculos que las personas establecen entre sí –tan justos o injustos como sean– adquieran una estabilidad que les permite mantenerse a lo largo del tiempo.

En este sentido, resulta pertinente preguntarse qué tipo de relaciones sociales estamos haciendo durables a través de nuestro uso de la tecnología. Quienes la consideran potencialmente emancipadora, manifiestan la convicción de que los avances actuales y los futuros tienen la capacidad de ser soporte material de relaciones más equitativas, horizontales y productivas entre todos los miembros de la sociedad. Sin embargo, este ideal, por lo menos en nuestro país, está lejos de alcanzarse.

Según un estudio sobre tecnología y jóvenes en los países pertenecientes a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), México es el país más desigual en relación al acceso y apropiación tecnológica entre los jóvenes. Esto quiere decir que las diferencias entre la manera en que los jóvenes privilegiados y los no privilegiados usan las herramientas tecnológicas son bastante considerables, lo cual, en un mundo cada vez más tecnificado, sólo aumenta otros tipos de asimetrías económicas, educativas y sociales. Pero, ¿qué puede hacerse al respecto?

Un ejemplo: tecnología, jóvenes y espacios de participación

Escuelas ASI es un modelo de empoderamiento juvenil a través del uso estratégico de la tecnología, creado por la plataforma PIDES Innovación Social. El objetivo de estas escuelas es crear comunidades más abiertas, saludables, sustentables e incluyentes.

Entre 2015 y 2016, el modelo se enfocó en acompañar a jóvenes (principalmente de entre 6 y 18 años) en el proceso de identificar los problemas medioambientales que afectan su comunidad, para posteriormente resolverlos con la implementación de proyectos colaborativos que involucraron a alumnos, padres de familia, maestros, personal de intendencia e incluso servidores públicos de los gobiernos locales.

Cada uno de los proyectos desarrollados durante el proceso fueron posibilitados por el uso de una plataforma en línea (escuelasasi.org, en versión Beta), una herramienta tecnológica que, al mismo tiempo, funciona como un repositorio de información (por el momento referida a la problemática medioambiental) y como una “navaja suiza electrónica” que permite a los jóvenes hacer un diagnóstico de los problemas comunitarios, medir el consumo energético y de agua de sus planteles, y determinar la cantidad de emisiones de CO2, de las que son responsables de acuerdo al tipo de residuos que producen y las estrategias que siguen para gestionarlos, entre otras cosas.

La plataforma también incluye herramientas que los llevan paso a paso en el proceso de planear e implementar un proyecto, permitiéndoles identificar qué actores son los responsables de cada etapa, cómo dividir las tareas y cómo distribuir responsabilidades de manera espacial y temporal, dependiendo de la naturaleza de sus proyectos.

Aprendizajes de la innovación social

Hasta el momento, Escuelas ASI se ha implementado en 93 comunidades educativas de la Ciudad de México y el Estado de México, generando espacios de participación para que los jóvenes puedan proponer soluciones a los problemas que les afectan a través del uso de la tecnología. Aunque el impacto directo del modelo ha sido la implementación de diversos proyectos que mitigan las problemáticas medioambientales dentro de los planteles escolares (con la construcción de huertos urbanos, los nuevos sistemas de gestión de residuos mediante el compostaje e incluso el acompañamiento en la construcción de un orquideario), la victoria más grande ha sido el establecimiento de lazos con jóvenes, maestros y funcionarios públicos muy comprometidos con la creación de soluciones que beneficien a la sociedad en su conjunto. Estos líderes dirigieron sus esfuerzos al combate de los problemas medioambientales, pero han desarrollado habilidades que podrán, en un futuro, orientar la producción de soluciones innovadoras para otros retos urbanos.

El modelo Escuelas ASI es una muestra de cómo a través de la colaboración entre todos los sectores de la sociedad y un uso innovador y democrático de las herramientas tecnológicas que tenemos disponibles, pueden abordarse de manera más eficiente problemáticas que otras estrategias no han logrado enfrentar sólo desde las instituciones o sólo desde la sociedad civil.

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Innovación social, tecnología y educación
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